Esta
edición está conformada por 150 carpetas de huecograbados.
Para
los contenedores se utilizó cartón gris impreso en serigrafía,
a dos tintas y papel Voice de 104 gr. para los interiores.
Las
impresiones de los huecograbados fueron realizadas sobre papel De Ponte
de 300 gr.
Se
trabajaron cinco placas de cobre, una por cada artista invitado.
El
tiraje consta de 150 impresiones, firmadas y numeradas, de cada placa
y una serie de textos impresos.
Se realizaron 3 P/A (pruebas de autor), 3 P/T (pruebas de taller),
3 P/I (pruebas de impresor) y 1 P/E (prueba de editor).
Artistas
colaboradores:
Marco Arce, Demián Flores, Saúl Gómez, José
Luis Sánchez Rull y Roberto Turnbull.
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This
edition is conformed by 150 etching folders.
For
the folders was used gray cardboard printed in silkscreen printing
with two inks and 104 gr. Voice paper for the interiors.
The
etchings were printed on 300 gr. De Ponte paper.
Five
copper boards were worked, one for every invited artist.
The
edition consists on 150 signed and numbered printings of every copper
board and a serie of printed texts.
3
P/A (author tests), 3 P/T (workshop tests), 3 P/I (printer tests)
and 1 P/E (editor test) were printed.
Artists
collaborators:
Marco
Arce, Demián Flores, Saúl Gómez, José
Luis Sánchez Rull y Roberto Turnbull.
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El
mesero de La Ola trajo vasitos con caldo de camarón. Pasaron
algunos minutos de silencio antes de que la conversación se reanudara.
Marco pidió un tequila reposado. Se inclinaba sobre la mesa para
hablar; tomaba los objetos cambiándolos de sitio sobre la mesa,
una y otra vez. El trabajo cotidiano de Marco sorprende, me parece raro
e interesante. Habló del “tedio del estudio”, refiriéndose
a la angustia que podría llegar a sentir en la soledad de su
taller. Así que por un tiempo escogió la biblioteca como
su taller. Disponerse a trabajar en una biblioteca pública le
resultaba reconfortante; le permitía leer y dibujar, dedicarse
a lo suyo en compañía de otros personajes concentrados
en sus propias investigaciones y tareas. Para Marco, trabajar en las
bibliotecas era casi como pertenecer a un club de trabajadores anónimos.
Sus numerosos dibujos, construidos con líneas, colores y pequeños
fragmentos de escritura, parecen ser extrañas fichas bibliográficas.
En un momento preciso que no alcancé a definir, Marco sacó
de la nada un maletín negro con dibujos y lo pasó de un
extremo a otro de la mesa. El maletín fue pasando de mano en
mano ante nuestras miradas, entre vasos de ron y copas de cerveza a
medio llenar.
El maletín de Marco, lleno de dibujos, textos y acuarelas recorrió
por completo la mesa. Todos observamos y leímos sus dibujos,
y por un momento el ambiente del bar La Ola comenzó a parecerse
más a una etílica biblioteca. Resulta interesante pensar
en la relación que existe entre el grabado y la escritura, entre
dibujar y escribir, que son dos actividades muy cercanas. La aparición
del grabado, vinculada al desarrollo de la imprenta, a sus progresos
técnicos y los primeros libros impresos, evolucionó paralelamente
a la escritura en Occidente siguiendo el impulso de las técnicas
desarrolladas en China y Japón desde antes del siglo XI d.C.
Fueron los árabes quienes lo introdujeron a Europa. A mediados
del siglo XIII se realizaron publicaciones impresas con tipos móviles
e iniciales xilografiadas. Muchos artistas del norte de Europa, Países
Bajos y Alemania comenzaron a desarrollar el grabado de forma genial.
Albrecht Dürer realizó series para grabar en madera: El
Apocalipsis, La Gran Fortuna, La Caída del Hombre, son obras
hechas con una técnica maestra. Mientras tanto, nosotros seguíamos
leyendo los dibujos de Marco. La historia continuaba. ¿Cuáles
serían las características del grabado en la actualidad?
El grabado no tóxico, la litografía, las técnicas
aditivas, la serigrafía, la xilografía, la calcografía,
las técnicas digitales y las posibilidades de reproducción
múltiples… ¿Cómo eran concebidas por los
artistas dentro de la apertura de los contextos contemporáneos?
Todas estas preguntas que parecían estar presentes sobre nuestra
mesa, se entrelazaban a su vez con nuestras múltiples historias
personales, con el aquí y el ahora. Nos rondaba la memoria del
grabado, su historia, el pasado. Pero lo más importante para
nosotros estaba sucediendo en el instante presente. Hacían falta
bebidas en la mesa…
Rull terminó de un trago su vaso de ron y recordó a Arnold
Böcklin, el maestro de Franz von Stuck. Marco le dijo a Rull que
sus grabados parecían ser el trabajo de un cavador. No sé
cómo aguantan tus placas, añadió. La idea resultó
bastante significativa. En Rull, la imagen del cavador quedaba clara:
El trabajo del grabado consistía en marcar incisiones, cavando
momentos, cavando cúmulos de experiencias. Punto por punto por
punto por punto… Con prisa o sin prisa, dependiendo siempre de
nuestro sistema nervioso, el grabado podría significar la conciencia
del cavador: cava lo más profundo que puedas. El mesero llegó
en ese momento con nuevos y brillantes rones, los hielos giraban en
el interior de los vasos. Saúl observaba todo, como si hubiera
despertado esa mañana con sus pantuflas de tiranosaurio rex y
la música en la grabadora.
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Recordé
el café humeante y la luz del foco de una habitación que
había pintado en un cuadro tiempo atrás. El tiempo corrió
veloz. Los momentos que componen una comida, los encuentros, la sobremesa,
la conversación, las despedidas, son muchos y muy distintos.
En La Ola todo comenzó a transcurrir rápidamente. Roberto
conversaba desde el fondo de su asiento. Se había colocado la
bufanda sobre el saco y comenzó por sacar de su bolsillo un blanquísimo
cigarro. Lo encendió mientras comentaba el tipo de papel que
usaríamos en el proyecto y bromeaba con Marco, que intentaba
convencer a todos para cambiar los formatos de las placas de cobre.
Roberto comenzó a fumar tranquilamente, distraídamente,
colocando las cenizas de su cigarrillo en un vaso vacío. La tarde
aun estaba en alto cuando el mesero se acercó a la mesa y advirtió:
Discúlpeme señor, está prohibido fumar dentro del
restaurante. Si no estuviera el encargado en este momento, yo…
Todos callamos. Roberto parecía muy sorprendido. Se disculpó
y apagó el cigarro inclinándose por debajo de la mesa,
no sin antes darle un par de jalones a la boquilla y agitar las manos
en el aire para no dejar rastros de humo en el local. El mesero se disculpaba,
Roberto se disculpaba y todos reíamos. Fue un momento excepcionalmente
veloz. La flecha del tiempo zumbaba sobre La Ola y sobre todos nosotros,
irremediablemente. La tarde se desvanecía.
Demoramos en abandonar la mesa y salimos lentamente de La Ola. Por una
angosta escalera bajamos al bullicio citadino, a la entrada del metro
Sevilla. La calle estaba repleta de puestos de revistas, vendedores
ambulantes, almacenes y tiendas de abarrotes. En esta zona abundan las
coctelerías y los pequeñísimos mercados coreanos.
Caminamos como sobre nubes hasta el cruce de la avenida Sevilla y Chapultepec.
El tráfico estaba en su apogeo. Nos deslizamos entre la multitud
con una suavidad que me pareció pasmosa. Roberto dijo: Hay que
hacer más, debemos utilizar la madera, haremos xilografías.
Podemos hacer lo que queramos; debemos aprovechar la situación
y sumar aun más al trabajo. Lograr que el proyecto crezca…
Yo le escuchaba hablar en medio de aquella populosa esquina de la colonia
Juárez.
En la comida, habíamos hablado sobre el papel que el grabado
ejerció en la difusión de movimientos sociales, de izquierda
y de vanguardia, tanto en México como en otras partes del mundo.
Recordamos ejemplos increíbles: Munch y el expresionismo alemán,
Nolde, Seghers, Ensor, las estampas de la Revolución Mexicana,
José Clemente Orozco… El destino de la imagen impresa,
del linóleo, la xilografía e, incluso, de los esténciles
y el graffiti, era claro y extremo: una brillante complicidad ligaba
estas técnicas a los movimientos revolucionarios y contraculturales
de los años sesentas y setentas. Roberto tenía razón.
Podríamos utilizar la madera también. Podríamos
hablar de nuestros intereses reales, de la escritura y la imagen, del
problema del grabado, de la muerte de la pintura, del luto permanente
y del resurgimiento. De todo eso podríamos ocuparnos, sin duda.
Nuestra idea no sería producir una correcta carpeta de grabados
sino el intento de llegar a tocar algo vivo, algo real. ¿Buscamos
realmente comunicarnos con ello? No lo sé. Podríamos pensar
que el trabajo artístico se resiste a ser un instrumento de comunicación,
en el sentido en el que Deleuze plantea la idea de resistencia. ¿Qué
pasaría después de que todo hubiera terminado? ¿Después
de una explosión atómica con cara de payaso? No habría
más que resistir, como una manifestación del luto del
que hablábamos, para llegar a un nuevo entendimiento de las cosas.
Resistir, para poder trabajar y recomenzar. Resistir, para evitar quedarnos
con el espíritu al pie de la escalera.
18 de noviembre 2009
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